
01/10/97 - 03/12/09
Kiko, Kikillo, Kikorro, pesaoooo´, se ha ido para siempre.
Han sido doce años juntos, conocía casi más de mi vida que yo mismo, ha sido amigo, confesor, y muchas veces mi única compañía cuando creía estar acompañado. Vino a mi vida en forma de regalo de Reyes y el mismo día que lo conocí decidí llamarle Kiko y permitir que el me tutease. Desde el primer día demostró sus habilidades para conquistar y apoderarse para siempre de un pedacito de mi corazón, el mismo pedacito que hoy añora y llora su pérdida, que desea arrancar el dolor a dentelladas secas y calientes.
Me dijeron que fue indoloro, que se quedó dormido y tranquilo, se que echó de menos que estuviera a su lado para que le acariciase mientras le vencía el sueño y creía correr libremente por una verde pradera, se que a pesar de todo me perdonará y allá donde ahora esté aguardará como siempre pacientemente a que llegue a su lado y salgamos a pasear.
Empiezan a llegar los recuerdos desde que lo conocí, el pequeño león con los dientes de leche más afilados que jamás haya conocido fiera alguna, los quejidos de su primera vacuna, sus carreras por el césped, su alegría, su energía... Más tarde llegaría Juan a nuestras vidas y Kiko le protegía como muestran las pruebas gráficas que guardo en la cajita de los pequeños tesoros, más tarde Alberto, haciéndose amigo de ambos a pesar de todas las “perrerías” que los dos pequeños enanos hacían al que ya era como su hermano mayor.
Nunca sabía cuando estaba malo o donde le dolía exactamente por que nunca se quejaba, recuerdo sus “caras” tenía una para cada ocasión, era un emoticono andante, la alegría expresada en el movimiento de su rabo como las aspas de un helicóptero a punto de despegar del suelo, sus cariñosos besos en forma de lametazos de los que tanto huía, su obediencia elevada a la máxima expresión excepto cuando una perra se cruzaba en su camino, era entonces cuando por un momento la amistad que nos unía quedaba temporalmente estancada, no existía amo ni silbidos ni nada de nada, sólo tenía ojos para su “amada” y llegados a ese punto lo de menos era el tamaño, todavía lo recuerdo encaramándose a aquella pastora alemana que le sacaba cuatro cuerpos, el pobre acabó sus días virgen pero se llevó más de un calentón, como aquel que me trajo de cabeza por que un día al despertar estaba debajo de la cama y no había forma de que saliera por que no podía moverse, después del tremendo susto el veterinario informó que lo sucedido había sido fruto de un calentón que le había inflamado de tal forma sus partes que le impedía moverse. Lo dicho...... pura testosterona de podenco portugués de raza enana que era como a los reyes les dijeron que era su raza si bien el veterinario posteriormente confirmaría que bien cabría la posibilidad que en la tercera generación de sus antepasados hubiera podido existir la implicación de algún podenco pero de ahí a que fuera portugués y enano había un trecho.
No le gustaba viajar, hasta que le cogió el gustillo, al principio siempre se mareaba y había que darle su pastillita como a los niños, la primera vez que se la di el veterinario dijo que sería suficiente con media pastilla pero como el viaje era largo y sinuoso decidí darle una entera, tardó dos días en despertar, me llevé un susto de muerte, pensaba “dios mío me lo he cargado” , con el tiempo y más bien a la fuerza llegaron a agradarle los viajes y dejo de marearse aunque cinco minutos antes de llegar al destino como si llevase un gps incorporado y supiese con antelación cual iba a ser el mismo, empezaba a llorar y a gemir queriendo salir el primero de todos a correr libre nada más parar el coche.
Casi nunca ladraba y cuando lo hacía era por que oía ruidos extraños, como aquella vez que impidió que robaran en mi casa, cuando llegué y me encontré la puerta de entrada destrozada pensé que habían conseguido entrar y le habían hecho algo por que yo no podía pasar, le llamaba y no me respondía, cuando al fin el cerrajero consiguió abrir la puerta el perro estaba agotado, se había tirado según un vecino más de una hora ladrando sin parar intentando advertir de lo que pasaba, el gilitonto del vecino me dijo “ya me extrañaba a mi que Kiko ladrase, si nunca lo hace”
Simpatizaba con el Atleti, por que cuando yo cantaba un gol él ladraba (antes dije que ladraba poco ¿verdad?) además en parte su nombre hacía mención a Francisco Narváez “Kiko Gol” no soportaba a los madridistas por que el año que, maldita sea la hora, se les ocurrió ganar la séptima un energúmeno tiro un petardo que fue a caer justo al ladito nuestro mientras paseábamos, desde entonces Kiko cogió miedo a los petardos y el energúmeno me cogió miedo a mi.
Odiaba el agua, lo que me hacía pensar que efectivamente algo de antepasados portugueses si iba a tener, era un espectáculo verle andar pegado a las paredes cuando llovía, se raspaba el lomo y hasta creo que se llegaba a hacer daño con tal de que ninguna de sus patas tocasen una mínima parte de la zona mojada que para el era como la zona prohibida, la zona de no regreso, bañarle era un espectáculo pero era tan bueno y tan obediente que se dejaba hacer con carita de pena y al final terminábamos todos contentos y... empapados.
Nunca oí a nadie, nunca, que dijera algo malo de Kiko. Si hubiera una iglesia cristiana de perros no me cabe la menor duda de que Kiko sería beatificado y canonizado ipso-facto, se celebrarían todos los tres de diciembre romerías caninas en su honor acompañadas de albóndigas de buey y verduras y regadas con agua de manantial en abundancia, se construirían esculturas, se abrirían talleres de adiestramiento con su nombre, canódromos, se le rezarían plegarias para los males de amores, para tener paciencia, para reconciliarse con los amos o para ser buenos por que Kiko era BUENO con mayúsculas. San Kiko.
Hoy me murio del alma Kiko, mi amigo Kiko. Hoy hay luna llena. Esta noche me asomaré a la ventana y pediré a la luna que lo acune, que lo protega, que lo guarde hasta que nos volvamos a ver y paseemos nuevamente juntos.
Hasta luego Kiko.
Han sido doce años juntos, conocía casi más de mi vida que yo mismo, ha sido amigo, confesor, y muchas veces mi única compañía cuando creía estar acompañado. Vino a mi vida en forma de regalo de Reyes y el mismo día que lo conocí decidí llamarle Kiko y permitir que el me tutease. Desde el primer día demostró sus habilidades para conquistar y apoderarse para siempre de un pedacito de mi corazón, el mismo pedacito que hoy añora y llora su pérdida, que desea arrancar el dolor a dentelladas secas y calientes.
Me dijeron que fue indoloro, que se quedó dormido y tranquilo, se que echó de menos que estuviera a su lado para que le acariciase mientras le vencía el sueño y creía correr libremente por una verde pradera, se que a pesar de todo me perdonará y allá donde ahora esté aguardará como siempre pacientemente a que llegue a su lado y salgamos a pasear.
Empiezan a llegar los recuerdos desde que lo conocí, el pequeño león con los dientes de leche más afilados que jamás haya conocido fiera alguna, los quejidos de su primera vacuna, sus carreras por el césped, su alegría, su energía... Más tarde llegaría Juan a nuestras vidas y Kiko le protegía como muestran las pruebas gráficas que guardo en la cajita de los pequeños tesoros, más tarde Alberto, haciéndose amigo de ambos a pesar de todas las “perrerías” que los dos pequeños enanos hacían al que ya era como su hermano mayor.
Nunca sabía cuando estaba malo o donde le dolía exactamente por que nunca se quejaba, recuerdo sus “caras” tenía una para cada ocasión, era un emoticono andante, la alegría expresada en el movimiento de su rabo como las aspas de un helicóptero a punto de despegar del suelo, sus cariñosos besos en forma de lametazos de los que tanto huía, su obediencia elevada a la máxima expresión excepto cuando una perra se cruzaba en su camino, era entonces cuando por un momento la amistad que nos unía quedaba temporalmente estancada, no existía amo ni silbidos ni nada de nada, sólo tenía ojos para su “amada” y llegados a ese punto lo de menos era el tamaño, todavía lo recuerdo encaramándose a aquella pastora alemana que le sacaba cuatro cuerpos, el pobre acabó sus días virgen pero se llevó más de un calentón, como aquel que me trajo de cabeza por que un día al despertar estaba debajo de la cama y no había forma de que saliera por que no podía moverse, después del tremendo susto el veterinario informó que lo sucedido había sido fruto de un calentón que le había inflamado de tal forma sus partes que le impedía moverse. Lo dicho...... pura testosterona de podenco portugués de raza enana que era como a los reyes les dijeron que era su raza si bien el veterinario posteriormente confirmaría que bien cabría la posibilidad que en la tercera generación de sus antepasados hubiera podido existir la implicación de algún podenco pero de ahí a que fuera portugués y enano había un trecho.
No le gustaba viajar, hasta que le cogió el gustillo, al principio siempre se mareaba y había que darle su pastillita como a los niños, la primera vez que se la di el veterinario dijo que sería suficiente con media pastilla pero como el viaje era largo y sinuoso decidí darle una entera, tardó dos días en despertar, me llevé un susto de muerte, pensaba “dios mío me lo he cargado” , con el tiempo y más bien a la fuerza llegaron a agradarle los viajes y dejo de marearse aunque cinco minutos antes de llegar al destino como si llevase un gps incorporado y supiese con antelación cual iba a ser el mismo, empezaba a llorar y a gemir queriendo salir el primero de todos a correr libre nada más parar el coche.
Casi nunca ladraba y cuando lo hacía era por que oía ruidos extraños, como aquella vez que impidió que robaran en mi casa, cuando llegué y me encontré la puerta de entrada destrozada pensé que habían conseguido entrar y le habían hecho algo por que yo no podía pasar, le llamaba y no me respondía, cuando al fin el cerrajero consiguió abrir la puerta el perro estaba agotado, se había tirado según un vecino más de una hora ladrando sin parar intentando advertir de lo que pasaba, el gilitonto del vecino me dijo “ya me extrañaba a mi que Kiko ladrase, si nunca lo hace”
Simpatizaba con el Atleti, por que cuando yo cantaba un gol él ladraba (antes dije que ladraba poco ¿verdad?) además en parte su nombre hacía mención a Francisco Narváez “Kiko Gol” no soportaba a los madridistas por que el año que, maldita sea la hora, se les ocurrió ganar la séptima un energúmeno tiro un petardo que fue a caer justo al ladito nuestro mientras paseábamos, desde entonces Kiko cogió miedo a los petardos y el energúmeno me cogió miedo a mi.
Odiaba el agua, lo que me hacía pensar que efectivamente algo de antepasados portugueses si iba a tener, era un espectáculo verle andar pegado a las paredes cuando llovía, se raspaba el lomo y hasta creo que se llegaba a hacer daño con tal de que ninguna de sus patas tocasen una mínima parte de la zona mojada que para el era como la zona prohibida, la zona de no regreso, bañarle era un espectáculo pero era tan bueno y tan obediente que se dejaba hacer con carita de pena y al final terminábamos todos contentos y... empapados.
Nunca oí a nadie, nunca, que dijera algo malo de Kiko. Si hubiera una iglesia cristiana de perros no me cabe la menor duda de que Kiko sería beatificado y canonizado ipso-facto, se celebrarían todos los tres de diciembre romerías caninas en su honor acompañadas de albóndigas de buey y verduras y regadas con agua de manantial en abundancia, se construirían esculturas, se abrirían talleres de adiestramiento con su nombre, canódromos, se le rezarían plegarias para los males de amores, para tener paciencia, para reconciliarse con los amos o para ser buenos por que Kiko era BUENO con mayúsculas. San Kiko.
Hoy me murio del alma Kiko, mi amigo Kiko. Hoy hay luna llena. Esta noche me asomaré a la ventana y pediré a la luna que lo acune, que lo protega, que lo guarde hasta que nos volvamos a ver y paseemos nuevamente juntos.
Hasta luego Kiko.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Tu opinas que...............