jueves, 2 de marzo de 2017




Los besos que se dejan de dar, esos, ya no vuelven nunca más. Otros intentan reemplazarlos sin éxito pero esos que se dejan de dar se abandonan en el universo de los besos perdidos y vagan sin rumbo ni destino. De vez en cuando alguno intenta afianzarse y echar raíces en tierra pero resulta vano porque su prolongada ausencia la ha hecho infértil, yerma, árida, desierta.



Estoy en una edad en la que suelo pensar que hay pocas cosas en la vida que ya pueden sorprenderme pero resulta increíble comprobar como mi capacidad de sorpresa no disminuye con el paso del tiempo, lo que pasa es que cuando hablamos de sorpresas sólo pueden existir dos tipos, a saber: sorpresas buenas / sorpresas malas y lo que me mantiene preocupado y alerta es que en mi caso son críticamente más abundantes las malas.
Yo, que siempre he sido vivaz defensor de las sorpresas, empiezo a desear que no se produzcan, pero es que a su vez la falta de sorpresas hace que entre en una peligrosa monotonía. Peligrosa porque la monotonía, al igual que el tabaco, mata.

Dentro de la categoría de las malas sorpresas y obviando a las de carácter material, podría decir que se subdividen en

-          Sorpresas negativas

-          Sorpresas increíblemente negativas

-          Sorpresas nomelopuedodecreer, pínchameynosangro
 
Son en estas últimas donde se engloban aquellas que provienen de quienes menos te esperas, las que te producen una tremendísima decepción, te sumergen en un hálito de tristeza y suelen dejar en mayor o menor grado huella o cicatriz.

Decía Baron Rojo en su canción “Los Rockeros van al infierno”:
 
“qué risa me da esa falsa humanidad
de los que se dicen buenos
no perdonarán mi pecado original
de ser joven y rockero.
si he de escoger entre ellos y el rock
elegiré mi perdición
sé que al final tendré razón
¡y ellos no!
mi rollo es el rock.”

miércoles, 8 de febrero de 2017



En la INDIA se enseñan las “Cuatro Leyes de la Espiritualidad:


La primera dice: “La persona que llega es la persona correcta”, es decir que nadie llega a nuestras vidas por casualidad, todas las personas que nos rodean, que interactúan con nosotros, están allí por algo, para hacernos aprender y avanzar en cada situación.

La segunda ley dice: “Lo que sucede es la única cosa que podía haber sucedido”. Nada, pero nada, absolutamente nada de lo que nos sucede en nuestras vidas podría haber sido de otra manera. Ni siquiera el detalle más insignificante. No existe el: “si hubiera hecho tal cosa hubiera sucedido tal otra…”. No. Lo que pasó fue lo único que pudo haber pasado, y tuvo que haber sido así para que aprendamos esa lección y sigamos adelante. Todas y cada una de las situaciones que nos suceden en nuestras vidas son perfectas, aunque nuestra mente y nuestro ego se resistan y no quieran aceptarlo.

La tercera dice: “En cualquier momento que comience es el momento correcto”. Todo comienza en el momento indicado, ni antes, ni después. Cuando estamos preparados para que algo nuevo empiece en nuestras vidas, es allí cuando comenzará.

Y la cuarta y última: “Cuando algo termina, termina”. Simplemente así. Si algo terminó en nuestras vidas, es para nuestra evolución, por lo tanto es mejor dejarlo, seguir adelante y avanzar ya enriquecidos con esa experiencia.