Los
besos que se dejan de dar, esos, ya no vuelven nunca más. Otros intentan
reemplazarlos sin éxito pero esos que se dejan de dar se abandonan en el universo de los besos
perdidos y vagan sin rumbo ni destino. De vez en cuando alguno intenta
afianzarse y echar raíces en tierra pero resulta vano porque su prolongada
ausencia la ha hecho infértil, yerma, árida, desierta.
jueves, 2 de marzo de 2017
Estoy en una edad en la que suelo pensar que hay pocas cosas en la vida que ya pueden sorprenderme pero resulta increíble comprobar como mi capacidad de sorpresa no disminuye con el paso del tiempo, lo que pasa es que cuando hablamos de sorpresas sólo pueden existir dos tipos, a saber: sorpresas buenas / sorpresas malas y lo que me mantiene preocupado y alerta es que en mi caso son críticamente más abundantes las malas.
Dentro
de la categoría de las malas sorpresas y obviando a las de carácter material,
podría decir que se subdividen en
-
Sorpresas negativas
-
Sorpresas increíblemente negativas
-
Sorpresas nomelopuedodecreer, pínchameynosangro
Son en
estas últimas donde se engloban aquellas que provienen de quienes menos te
esperas, las que te producen una tremendísima decepción, te sumergen en un
hálito de tristeza y suelen dejar en mayor o menor grado huella o cicatriz.
Decía
Baron Rojo en su canción “Los Rockeros van al infierno”:
“qué risa me da esa falsa humanidad
de los que se dicen buenos
no perdonarán mi pecado original
de ser joven y rockero.
si he de escoger entre ellos y el rock
elegiré mi perdición
sé que al final tendré razón
¡y ellos no!
mi rollo es el rock.”
de los que se dicen buenos
no perdonarán mi pecado original
de ser joven y rockero.
si he de escoger entre ellos y el rock
elegiré mi perdición
sé que al final tendré razón
¡y ellos no!
mi rollo es el rock.”
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